La palabra «cherokee» parece ser originaria de los vocablos Choctaw «Cha-la-kee», «aquellos que viven en las montañas» o «Chi-Luk-ik-bi», «aquellos que viven en el país de las cuevas». Pertenecen al área sur de los bosques norteamericanos, de familia lingüística iroquesa.
Aquí; en nuestro país… tenemos otro. Pero que solo es su nombre el que suena semejante, hablo de Txeroki.

Txeroki sale a la calle y el mundo no se detiene. Entra en un bar, pide un café, se apoya en la barra. Lo sostiene entre las manos con esa tranquilidad obscena de quien sabe que nadie le va a pegar un tiro en la nuca y crear un charco de sangre… Nadie hará con él lo que hicieron con Gregorio Ordóñez. Puede remover el azúcar despacio, mirar el reloj, incluso sonreír, no derramaran su sangre.
La tranquilidad también es un privilegio. Y él lo sabe. Porque durante años el monopolio del miedo lo tuvieron los suyos.

Dicen que pronto tendrá homenaje. Aplausos. Fotos. Discursos. Alguna pancarta con tintes épicos para celebrar sus veinte años de “carrera”. Veinte años al frente de una empresa siniestra: extorsión, mutilación, asesinato. CEO del terror. Y ahora, café con leche y espuma.
No, no quiero que le peguen un tiro en la nuca. Eso lo desean —y lo ordenan— las alimañas. Yo no.
Pero sí quisiera que alguna vez, aunque fuera al doblar una esquina, sintiera el mismo escalofrío que sintieron tantos inocentes. Que mirara hacia atrás por puro instinto. Que el silencio le pesara. Que el recuerdo le respirara en la nuca.
Porque soy lo suficientemente mayor para acordarme de lo que hizo y lo suficientemente joven para no olvidar.
Cuatrocientos años de condena. Cuatrocientos. Qué ligeros se han vuelto. ¿Eran doscientos? ¿Cien? ¿Cincuenta?
¿Veinte?
Ni eso.
Y mientras tanto, paseo, homenajes, normalidad impostada. Y un presidente que retoza políticamente con el partido heredero de todo aquello, incluyéndolo en su “mayoría progresista”. Progresista. Qué palabra tan maleable. Yo pensaba que progresar era otra cosa. No vender el país a quienes quieren trocearlo. No blanquear a quienes llevaron terroristas en sus listas hace apenas un suspiro electoral. No dar lecciones morales sobre cordones sanitarios mientras se abraza a quienes sí han manchado de sangre su historia.
Estoy cansado del maquillaje. Harto del blanqueamiento. Harto de que se pretenda convertir en anécdota lo que fue tragedia.
Sé lo que hacen. Recuerdo lo que hicieron.
El perdón no se decreta ni se impone. Y ellos no lo pidieron.