Hay derrotas que no necesitan funeral porque huelen a entierro desde semanas antes. Lo ocurrido con el PSOE en Andalucía no es un simple tropiezo electoral: es un guantazo político de los que dejan la cara ardiendo y el argumentario buscando hielo en la nevera de Ferraz.
Pedro Sánchez nunca ganó elecciones, lleva años gobernando como quién sobrevive agarrado al último flotador del Titanic mientras asegura, con media sonrisa, que la orquesta de cubierta sigue sonando de maravilla mientras el barco se hunde. Administra daños y cree que en las próximas elecciones generales de 2027 él es demasiado guapo como para perderlas. Pero sus falsas promesas, sus mentiras y sus pactos por interés, le pasarán factura. Dentro del partido muchos lo saben, aunque la mayoría calla. El sanchismo ha construido una estructura donde abundan más los obedientes que los valientes.
«Y aún así, en Ferraz seguirán diciendo que el problema es la ultraderecha, los medios, la meteorología o la alineación de Saturno con Mercurio»

La candidata socialista en Andalucía recibió un castigo electoral tan monumental que el «zasca» se escuchó hasta en el kilómetro 37 de la Gran Muralla China (un labriego oriental que estaba por allí con el azadón sufrió un microinfarto al escuchar el estruendo) Y aún así, en Ferraz seguirán diciendo que el problema es la ultraderecha, los medios, la meteorología o la alineación de Saturno con Mercurio. Cualquier cosa antes que admitir lo evidente: el principal problema del PSOE hoy se sienta en La Moncloa.
Y ahí aparece una de las pocas excepciones que aún conservan algo parecido al sentido común político: Emiliano García-Page. Porque mientras muchos compañeros practican el noble deporte de esconderse detrás del argumentario, Page lleva tiempo diciendo verdades como puños: que el desgaste del PSOE tiene nombre y apellidos, y que ha llevado al partido a una deriva que amenaza con convertir unas siglas históricas en un solar emocional y electoral.
Y mientras tanto, muchos ciudadanos observan cansados. No porque hayan dejado de creer en su partido de toda la vida, sino porque empiezan a sospechar que los políticos que lo componen hace tiempo dejaron de trabaja para en ellos.