Hay lugares donde la geografía pesa más que la historia. Ceuta es uno de ellos. Allí, Europa no termina en un mapa: termina en una valla.
No conviene tampoco caer en la ingenuidad. Entre quienes llegan buscando una oportunidad hay familias, menores y personas que huyen de la miseria (ojo al dato: cuando Marruecos es una de las Monarquías más millonarias del mundo, pero claro… lo tiene todo el Rey) pero también pueden infiltrarse individuos con antecedentes penales o con causas pendientes en distintos países europeos. No es una hipótesis alarmista, sino una realidad que las fuerzas policiales conocen bien y que obliga a extremar los controles de identificación. Una frontera desbordada dificulta precisamente esa tarea: distinguir a quien necesita protección de quien puede representar un riesgo para la seguridad.

Estos últimos días, la ciudad autónoma ha vuelto a convertirse en el escenario de una crisis migratoria (invasión) de enorme magnitud. Miles de personas han cruzado la frontera poniendo a prueba la capacidad de respuesta de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, de los servicios de emergencia y de una población que contempla, una vez más, cómo su tranquilidad cotidiana queda suspendida.
«El verdadero problema aparece cuando el Estado transmite la sensación de haber renunciado a controlar aquello que constituye uno de los pilares de cualquier nación: la protección de sus fronteras»
No es justo exigir a los vecinos de Ceuta que normalicen una presión migratoria constante, ni que acepten como inevitable una situación que genera incertidumbre, tensión y una creciente percepción de inseguridad, mientras «otro» aconseja listas de música para el verano…

Las imágenes de estos días hablan por sí solas. Agentes exhaustos, centros de acogida desbordados, vecinos preocupados y una ciudad que vuelve a sentirse sola. Porque Ceuta tiene una vieja sensación que solo entienden quienes viven allí: la de ser española cuando conviene, pero periférica cuando llegan los problemas.
La respuesta del Gobierno dice que es una cuestión de mafias… ¡ja!.
Curioso que el Rey del país vecino indulte en la fecha de su cumpleaños a un montón de personas. Y que parte de esas personas también estén en Ceuta. No sé, me malicio que al monarca alauí no le sentó nada bien la visita de Sánchez a Argel hace poco (Es bien conocido el conflicto que tiene Marruecos con Argel) Pero no me hagáis caso… son cosas mías.
Sin embargo, resulta difícil ignorar la impresión de que el Gobierno llega siempre tarde. La gestión parece más reactiva que preventiva; más pendiente de contener la crisis cuando ya ha estallado que de evitar que se produzca. Esa percepción alimenta la frustración de muchos ciudadanos, especialmente en Ceuta, donde cada episodio deja la sensación de que la ciudad soporta un peso desproporcionado para sus dimensiones.
Europa no puede limitarse a contemplar Ceuta como una «esquina incómoda del mapa». Ceuta es Europa. Lo que sucede allí no es un asunto local, sino un desafío continental. Cada salto a la frontera cuestiona la capacidad de la Unión Europea para proteger su territorio y, al mismo tiempo, mantener intactos los valores que dice defender.
Las soluciones no caben en un eslogan. Exigen cooperación real con los países de origen, una política migratoria común, medios suficientes para quienes custodian la frontera y decisiones políticas que no estén condicionadas únicamente por el calendario electoral.
Mientras tanto, Ceuta continúa resistiendo. Como siempre. Entre el mar, la valla y la incertidumbre. Esperando que alguien comprenda, de una vez, que una frontera no se improvisa. Se gobierna.
Y hoy, demasiados ceutíes tienen la sensación de que nadie lo está haciendo.
Ceuta no pide privilegios. Pide algo mucho más sencillo: que España la mire con la misma atención con la que el resto del mundo la observa. Cuando una frontera deja de sentirse protegida, deja también de sentirse acompañada. Y entonces la geografía deja de ser un mapa para convertirse en una herida.