Así como en la antigua Roma se iba a
disfrutar de una tarde – con pasión y
algarabía – viendo como unos gladiadores se
sacaban las vísceras, nuestro “Circo Romano
contemporáneo” es la televisión de hoy en
día.
Un sinfín de personajillos, payasos y
monstruos copan horas y horas de
programación.
Contra más kafkiana sea la historia, mejor…
¡Todo por la audiencia!
Las productoras se frotan las manos y tienen
orgasmos cerebrales cuando buscan a estos
personajes para que rellenen sus programas.
Saben que; al igual que los ratones
encantados con la música del flautista de
Hamelín, las “victimas” acudirán al canto de
sirenas que les dice que saldrán por la tele y
que sus vecinos, amigos y familiares les
verán y serán populares (la droga de la fama)
Una vez en plató desnudan sus vergüenzas,
sus más ocultas miserias.
«El lerdo, no tiene reparos»
Entran en el engranaje del espectáculo…
¿Y los llamados colaboradores?
Si se tiene que insultar se insulta, si se tiene
que gritar; se grita. Todo por la pasta y los 15
minutos de protagonismo.
¡El lerdo, no tiene reparos!
¿Se tiene que tildar a una mujer de golfa por
tener la libertad de “beneficiarse” a todos los
que le apetezca?
¡Pues se hace! Todo vale.
Sin cortarse, se rebozan en su propia memez
soñando con el reconocimiento de la plebe.
Podría enumerar una cantidad tremenda de
programas, con un nivel cero y con una
audiencia millonaria.. y eso me asusta.
Y así vamos, un país en que una cantidad
brutal de jóvenes sin ningún tipo de
preparación académica ni profesional y que
no saben hacer la “o” con un canuto y que
creen que un libro sirve para decorar un
estante; dedican su tiempo a esculpir sus
cuerpos en el gimnasio con la esperanza de
prostituir su vida y miserias en un reality a
cambio de unos chavos.
No piensan en un mañana; que les pasará
factura.